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2° Parcial Perspectivas Sociofilosoficas

"La Condición humana" de Hannah Arendt
La pluralidad humana, básica condición tanto de la acción como del discurso, tiene el doble carácter de igualdad y distinción. Si los hombres no fueran iguales, no podrían entenderse ni planear y preveer para el futuro las necesidades de los que llegaran después. Si los hombres no fueran distintos, es decir, cada ser humano diferenciado de cualquier otro que exista, haya existido o existirá, no necesitarían el discurso ni la acción para entenderse. Signos y sonidos bastarían para comunicar las necesidades inmediatas e idénticas. Por otra parte, una vida sin acción ni discurso esta literalmente muerta para el mundo; ha dejado de ser una vida humana porque ya no la viven los hombres. Con palabra y acto nos insertamos en el mundo humano, y esta inserción es como un segundo nacimiento, en el que confirmamos y asumimos el hecho desnudo de nuestra original apariencia física.

Lo nuevo siempre se da en oposición a las abrumadoras desigualdades de las leyes estadísticas y de su probabilidad, que para todos los fines prácticos y cotidianos son certeza; por lo tanto, lo nuevo siempre aparece en forma de milagro. El hecho de que el hombre sea capaz de acción significa que cabe esperarse de él lo inesperado, que es capaz de realizar lo que es infinitamente improbable. Y una vez mas esto es posible debido solo a que cada hombre es único, de tal manera que con cada nacimiento algo singularmente nuevo entra en el mundo. Con respecto a este alguien que es único cabe decir verdaderamente que nadie estuvo allí antes que él. Si la acción como comienzo corresponde al hecho de nacer, si es la realización de la condición humana de la natalidad, entonces el discurso corresponde al hecho de la distinción y es la realización de la condición humana de la pluralidad, es decir, de vivir como ser distinto y único entre iguales.
Mediante la acción y el discurso los hombres muestran quienes son, revelan activamente su única y personal identidad y hacen su aparición en el mundo humano, mientras que su identidad física se presenta bajo la forma única del cuerpo y el sonido de la voz, sin necesidad de ninguna actividad propia. El descubrimiento de "quien" en contradistinción al "que" es alguien, esta implícito en todo lo que ese alguien dice y hace. Solo puede ocultarse en completo silencio y perfecta pasividad, pero su revelación casi nunca puede realizarse como fin voluntario. Esta cualidad reveladora del discurso y de la acción pasa a primer plano cuando las personas están con otras, ni a favor ni en contra, es decir, en pura contigüidad humana. Aunque nadie sabe a quien revela cuando uno se descubre a si mismo en la acción o la palabra, voluntariamente se ha de correr el riesgo de la revelación y esto no pueden asumirlo ni el hacedor de buenas obras, que debe ocultar su yo y permanecer en completo anonimato, ni el delincuente, que ha de esconderse de los demás.
Sin la revelación del agente en el acto, la acción pierde su especifico carácter y pasa ser una forma de realización entre otras. En efecto, entonces no es menos medio para un fin que lo es la fabricación para producir un objeto. Esto ocurre siempre que se pierde la contigüidad humana, es decir, cuando las personas solo están a favor o en contra de las demás, por ejemplo durante la guerra, cuando los hombres entran en acción y emplean medios de violencia para lograr ciertos objetivos en contra del enemigo. En estos casos, que naturalmente siempre se han dado, el discurso se convierte en "mera charla", simplemente en un medio mas para alcanzar el fin, ya sirva para engañar al enemigo o para deslumbrar a todo el mundo con la propaganda; las palabras no valen nada, el descubrimiento solo procede del acto mismo, y esta realización, como todas las realizaciones, no puede revelar a "quien", a la única y distinta identidad del agente.
En estos casos la acción pierde la cualidad mediante la que trasciende la simple actividad productiva, que, desde la humilde fabricación de objetos de uso hasta la inspirada creación de obras de arte, no tiene mas significado que el que se revela en el producto acabado y no intenta mostrar mas de lo claramente visible al final del proceso de producción.
La manifestación de quien es el que habla y quien el agente, aunque resulte visible, retiene una curiosa intangibilidad que desconcierta todos los esfuerzos encaminados a una expresión verbal inequívoca. En el momento en que queremos decir quien es alguien, nuestro mismo vocabulario  nos induce a decir que es ese alguien; quedamos enredados en una descripción de cualidades que necesariamente ese alguien comparte con otros como él. Esta frustacion mantiene muy estrecha afinidad con la bien conocida imposibilidad filosófica de llegar a una definicion del hombre, ya que todas las definiciones son determinaciones o interpretaciones de qué es el hombre, por lo tanto de cualidades que posiblemente puede compartir con otros seres vivos, mientras que su especifica diferencia se hallaría en una determinación de que clase de "quien" es dicha persona.
El proceso de actuar y hablar puede no dejar tras si resultados y productos finales. Sin embargo, a pesar de su intangibilidad, este es en medio de no es menos real que el mundo de cosas que visiblemente tenemos en común. A esta realidad la llamamos la "trama" de las relaciones humanas, indicando con la metáfora su cualidad de algún modo intangible. Sin duda, esta trama no está al menos ligada al mundo objetivo de las cosas que lo está el discurso a la existencia de un cuerpo vivo, pero la relación no es como la de una fachada o un cuerpo vivo en terminología marxista, de una superestructura esencialmente superflua pegada a la útil estructura del propio edificio. El error básico de todo materialismo en la política es pasar por alto el hecho inevitable de que los hombres se revelan como individuos, como distintas y únicas personas, incluso cuando se concentran por entero en alcanzar un objeto material y mundano.
Aunque todo el mundo comienza su vida insertándose en el mundo humano mediante la acción y el discurso, nadie es autor o productor de la historia de su propia vida. Dicho con otras palabras, las historias, resultados de la acción y el discurso, revelan un agente, pero este agente no es autor o productor. Alguien la comienza y es su protagonista en el doble sentido de la palabra, o sea, su actor y paciente, pero nadie es su autor. La perplejidad radica en que cualquier serie de acontecimientos que juntos forman una historia con un único significado, como máximo podemos aislar el agente que puso todo el proceso en movimiento; y aunque este agente sigue siendo con frecuencia el protagonista, el "héroe" de la historia, nunca nos es posible señalarlo de manera inequívoca como autor del resultado final de dicha historia. Solo podemos saber quien es o era alguien conociendo la historia de la que es su héroe, su biografía, en otras palabras, todo lo demás que sabemos de él, incluyendo el trabajo que pudo haber realizado y dejado tras de si, solo nos dice como es o era.
La creencia popular en un "hombre fuerte" que, aislado y en contra de los demás, debe su fuerza al hecho de estar solo es pura superstición, basada en la ilusión de que podemos "hacer" instituciones o leyes, por ejemplo, de la misma forma que hacemos mesas y sillas, o hacer hombres "mejores" o "peores", o conscientemente desesperación de toda acción, política y no política, redoblada con la utópica esperanza de que cabe tratar a los hombres como se trata a otro material.
Hacer y sufrir son como las dos caras de la misma moneda, y la historia que un actor comienza está formada de sus consecuentes hechos y sufrimientos. Dichas consecuencias son ilimitadas debido a que la acción, aunque no proceda de ningún sitio, por decirlo así, actua en un medio donde toda reacción se convierte en una reacción en cadena y donde todo proceso es causa de nuevos procesos. Puesto que la acción actua sobre seres que son capaces de sus propias acciones, la reacción, aparte de ser una respuesta, siempre es una nueva acción que toma su propia resolución y afecta a los demás. Así, la acción y la reacción entre hombres nunca se mueve en circulo cerrado y nunca puede confinarse a dos participes. Esta limitación es característica no solo de la acción política, en el mas estrecho sentido de la palabra, como si la limitación de la interrelación humana solo fuera el resultado de la ilimitada multitud de personas comprometidas.
La acción solo se revela plenamente al narrador, es decir, a la mirada del historiador, que siempre conoce mejor de lo que se trataba que los propios participantes. Todos los relatos contados por los propios actores, aunque pueden en raros casos dar una exposición enteramente digna de confianza sobre intenciones, objetivos y motivos, pasan a ser simple fuente de material en manos del historiador y jamas pueden igualar la historia de este en significación y veracidad. Lo que el narrador cuenta ha de estar necesariamente oculto para el propio actor, al menos mientras realiza el acto o se halla atrapado en sus consecuencias ya que para él la significación de su acto no está en la historia que sigue. Aunque las historias son los resultados inevitables de la acción, no es el actor, sino el narrador, quien capta y "hace" la historia.
La polis logra que valga la pena para los hombres vivir juntos, el "compartir palabras y hechos", tenia una doble función. En primer lugar, se destinó a capacitar a los hombres para que realizaran de manera permanente, si bien bajo ciertas restricciones, lo que de otro modo solo hubiera sido posible como extraordinaria e infrecuente empresa que les hubiera obligado a dejar sus familias. Se suponía, que la polis multiplicaba las ocasiones de ganar "fama inmortal", es decir, de multiplicar las oportunidades para que el individuo se distinga, para que muestre con hechos y palabras quien es en su única distinción. La segunda función de la polis era ofrecer un remedio para la futilidad de la acción y del discurso; porque las oportunidades de que un hecho merecedor de fama no se olvidara, de que verdaderamente se convirtiera en "inmortal", no eran muy grandes. La organización de la polis, físicamente asegurada por la muralla que la rodeaba y fisionomicamente garantizada por sus leyes, es una especie de recuerdo organizado. Asegura al actor mortal que su pasajera existencia y fugaz grandeza nunca carecerá de la realidad que procede de que a uno lo vean, le oigan y, en general, aparezca ante su público de hombres, realidad que fuera de la polis duraría el breve momento de su ejecución y necesitaría de Homero y de "otros de su oficio" para que la presentaran a quienes no se encontraban allí.
Para los hombres, la realidad del mundo está garantizada por la presencia de otros, por su aparición ante todos; "porque lo que aparece a todos, lo llamamos Ser", y cualquier cosa que carece de esta aparición viene y pasa como un sueño, intima y exclusivamente nuestro pero sin realidad".
El espacio de aparición cobra existencia siempre que los hombres se agrupan por el discurso y la acción, y por lo tanto precede a toda formal constitución de la esfera pública y de las varias formas de gobierno, o sea, las varias maneras en las que puede organizarse la esfera pública. Su peculiaridad consiste en que, a diferencia de los espacios que son el trabajo de nuestras manos, nos sobrevive a la actualidad del movimiento que le dio existencia, y desaparece no sólo con la dispersión de los hombres, como cuando se destruye el cuerpo político de un pueblo, sino también con la desaparición de las propias actividades. Siempre que la gente se reúne, se encuentra potencialmente allí, pero sólo potencialmente, no necesariamente ni para siempre.
El poder, como la acción, es ilimitado, carece de limitación física en la naturaleza humana, en la existencia corporal del hombre, como la fuerza. Su única limitación es la existencia de otras personas, pero dicha limitación no es accidental, ya que el poder humano corresponde a la condición de la pluralidad para comenzar. Por la misma razón, el poder puede dividirse sin aminorarlo, y la acción reciproca de poderes con su contrapeso y equilibrio es incluso propensa a generar mas poder, al menos mientras dicha acción reciproca siga viva y no termine estancándose. La fuerza, por el contrario, es indivisible, y aunque se equilibre también por la presencia de otros, la acción reciproca de la pluralidad da por resultado una definida limitación de la fuerza individual, que se mantiene dentro de unos limites y que puede superarse por el potencial poder de los demás. La identificación de la fuerza necesaria para la producción de cosas con el poder necesario para la acción, solo es concebible como el atributo divino de un dios.
Si bien la violencia es capaz de destruir el poder, nunca puede convertirse en un sustituto. De ahí resulta la no infrecuente combinación política de fuerza y carencia de poder, impotente despliegue de fuerzas que se consumen a si mismas, a menudo de manera espectacular y vehemente pero en completa futilidad, no dejando tras si monumentos ni relatos, apenas con el justo recuerdo para entrar a la historia. Sin la acción para hacer entrar en el juego del mundo el nuevo comienzo de que es capaz todo hombre por el hecho de nacer, "no hay nada nuevo bajo el sol"; sin el discurso para materializar y conmemorar, aunque sea de manera tentativa, lo "nuevo" que aparece y resplandece, "no hay memoria"; sin la apariencia del artificio humano, no puede haber memoria de lo que sucederá en los  que serán después. Y sin poder, el espacio de aparición que se crea mediante la acción y el discurso en público se desvanece tan rápidamente como los actos y las palabras vivas.
A diferencia de la conducta humana, la acción solo puede juzgarse por el criterio de grandeza debido a que en su naturaleza radica el abrirse paso entre lo comúnmente aceptado y alcanzar lo extraordinario, donde cualquier cosa que es verdadera en la vida común y cotidiana ya no se aplica, puesto que todo lo que existe es único y sui genesis. La grandeza, por lo tanto, o el significado específico de cada acto, solo puede basarse en la propia realización, y no en su motivación ni en su logro.
La esfera pública, el espacio dentro del mundo que necesitan los hombres para aparecer, es por lo tanto mas específicamente "el trabajo del hombre" que el trabajo de sus manos o la labor de su cuerpo. El sentido humano de la realidad exige que los hombres realicen la pura y pasiva concesión de su ser, no con el fin de cambiarlo sino de articular y poner en plena existencia lo que de otra forma tendrían que sufrir de cualquier  modo. Esta realización reside y acaece en estas actividades que sólo existen en pura realidad. El impulso que lleva al fabricante al mercado público es la apatencia de productos, no de personas, y la fuerza que mantiene unido y en existencia a este mercado no es la potencialidad que surge entre la gente cuando se unen en la acción y el discurso, sino un combinado "poder de cambio" que cada uno de los participantes adquirió en aislamiento.La idolatría al genio contiene la misma degradación de la persona humana que los otros principios que prevalecen en la sociedad comercial. Es un elemento indispensable del orgullo humano la creencia de que quien es alguien trasciende en grandeza e importancia a todo lo que el hombre puede hacer y producir.
Sin ser perdonados, liberados de las consecuencias de lo que hemos hecho, nuestra capacidad para actuar quedaría, por decirlo así, confinada a un solo acto del que nunca podríamos recobrarnos; seríamos para siempre las victimas de sus consecuencias, semejantes al aprendiz de brujo que carecía de la formula mágica para romper el hechizo. Sin estar obligados a cumplir las promesas, no podríamos mantener nuestras identidades, estaríamos condenados a vagar desesperados, sin dirección fija, en la oscuridad de nuestro solitario corazón, atrapados en sus contradicciones y equívocos, oscuridad que sólo desaparece con la luz de la esfera pública mediante la presencia de los demás, quienes confirman la identidad entre el que promete y el que cumple. Por lo tanto, ambas facultades dependen de la pluralidad, de la presencia y actuación de los otros, ya que nadie puede perdonarse ni sentirse ligado por una promesa hecha únicamente a si mismo; el perdón y la promesa realizados en soledad o aislamiento carecen de realidad y no tienen otro significado que el de un papel desempeñado ante el yo de uno mismo.
Esta, cuya legitimidad se basa en el dominio del yo, deriva sus principios guía de una relación establecida entre uno y uno mismo, de manera que lo bueno y malo de las relaciones con los otros está determinada por las actitudes hacia el yo de uno mismo, hasta que el conjunto de la esfera pública se ve en el recto orden entre las capacidades de mente, alma y cuerpo del hombre individual.
En este aspecto, el perdón es el extremo opuesto a la venganza, que actúa en forma de re-acción contra el pecado original, por lo que en lugar de poner fin a las consecuencias de la falta, el individuo permanece sujeto al proceso, permitiendo que la reacción en cadena contenida en toda acción siga su curso libre de todo obstáculo. En contraste con la venganza, que es la reacción natural y automática a la transgresión y que debido a la irreversibilidad del proceso dela acción puede esperarse e incluso calcularse, el acto de perdonar no puede predecirse; es la única reacción que actúa de manera inesperada y retiene así, aunque sea una reacción, algo del carácter original de la acción. Dicho con otras palabras, perdonar es la única reacción que no re-actua simplemente, sino que actúa de nuevo y de forma inesperada, no condicionada por el acto que la provocó y por lo tanto libre de sus consecuencias, lo mismo quien perdona que aquel que es perdonado. La no-predicción que, al menos parcialmente, disipa el acto de prometer es de doble naturaleza: surge simultáneamente de la "oscuridad del corazón humano", o sea, de la básica desconfianza de los hombres que nunca pueden garantizar hoy quiénes serán mañana, y de la imposibilidad de pronosticar las consecuencias de un acto en una comunidad de iguales en la que todo el mundo tiene la misma capacidad para actuar. La inhabilidad del hombre para confiar en sí mismo o para tener fe completa en sí mismo (que es la misma cosa) es el precio que los seres humanos pagan por la libertad; y la imposibilidad de seguir siendo dueños de lo que hacen, de conocer sus consecuencias y confiar en el futuro es el precio que les exige la pluralidad y la realidad, por el jubilo de habitar junto con otros un mundo cuya realidad está garantizada para cada uno por la presencia de todos.
La soberanía, que es siempre espuria si la reclama una entidad aislada, sea la individual de una persona o la colectiva de una nación, asume una cierta realidad limitada en el caso de muchos hombres recíprocamente vinculados por promesas. La soberanía reside en la resultante y limitada independencia de la imposibilidad de calcular el futuro, y sus limites son los mismos que los inherentes a la propia facultad de hacer y mantener sus promesas. La soberanía de un grupo de gente que se mantiene unido, no por una voluntad idéntica que de algún modo mágico les inspire, sino por un acordado pronostico para el que solo son validas y vinculantes las promesas, muestra claramente su indiscutible superioridad sobre los que son completamente libres, sin sujeción a ninguna promesa y carentes de un propósito.

"Los orígenes del totalitarismo" de Hannah Arendt
Sólo el populacho y la élite pueden sentirse atraído por el ímpetu mismo del totalitarismo; las masas tiene que ser ganadas por la propaganda. Bajo las condiciones del Gobierno constitucional y de la libertad de opinión, los movimientos totalitarios que luchan por el poder pueden emplear el terror sólo hasta un determinado grado y comparten con otros partidos la necesidad de conseguir seguidores y de parecer plausibles ante un público que no está todavía rigurosamente aislado de todas las demás fuentes de información. Allí donde el totalitarismo posee un control absoluto sustituye a la propaganda con el adoctrinamiento y utiliza la violencia, no tanto para asustar al pueblo como para realizar constantemente sus doctrinas/ideológicas y sus mentiras practicas. El totalitarismo no se contentará con declarar, frente a hechos que prueban lo contrario, que no existe el paro, abolirá los subsidios de paro como parte de su propaganda. Igualmente importante es el hecho de que la negativa a reconocer el paro haga realidad, aunque de una forma mas bien inesperada, la antigua doctrina socialista, el que no trabaje, que no coma.
Como los movimientos totalitarios existen en un mundo que en sí mismo no es totalitario, se ven forzados a recubrir a lo que comúnmente consideramos como propaganda. Pero semejante propaganda siempre se dirige a una esfera exterior, bien a los estratos no totalitarios de la población del país, o a los países extranjeros no totalitarios. Esta esfera exterior hacia la que se dirige la propaganda totalitaria puede variar considerablemente, incluso después de la conquista del poder, la propaganda totalitaria puede dirigirse a los segmentos de su propia población cuya coordinación no ha sido seguida por un suficiente adoctrinamiento.
La relación entre la propaganda y el adoctrinamiento depende normalmente, por un parte, de las dimensiones de los movimientos y, por otra, de la presión exterior. Cuanto mas pequeño sea un movimiento, más energía gastará en la propaganda; cuanto mayor sea sobre los regímenes totalitarios la presión del mundo exterior, mas activamente se lanzará a la propaganda; cuanto mayor sea la presión del mundo exterior sobre los regímenes totalitarios y que los mismos movimientos no hacen realmente propaganda, sino que adoctrinan. A la inversa, el adoctrinamiento, emparejado inevitablemente con el terror, aumenta con la fuerza de los movimientos o el aislamiento de los Gobiernos totalitarios y su seguridad ante la inversión exterior. Mas especifico en la propaganda totalitaria que las amenazas directas y los crímenes contra individuos es, sin embargo, el uso de las alusiones indirectas, veladas y amenazadoras, contra aquellos que no atención a sus enseñanzas y, mas tarde, contra quienes no prestaba atención a los crímenes en masa, indiferenciadamente cometidos contra "culpables" o "inocentes". La propaganda comunista amenazaba al pueblo con perder el tren de la Historia, con permanecer desesperadamente retrasado con respecto a su tiempo, con gastar sus vidas inútilmente, de la misma manera que el pueblo era amenazado por los nazis con vivir contra las leyes eternas de la naturaleza y de la vida, con una irrepetible y misteriosa determinación de su sangre. El fuerte énfasis de la propaganda totalitaria en la naturaleza "científica" de sus afirmaciones ha sido comparado con ciertas técnicas publicitarias que también se dirigen a las masas. También es evidente que existe un cierto elemento de violencia en las exageraciones imaginativas de los publicitarios, que tras la afirmación de que las muchachas que no utilizan esa marca especifica de jabón puede pasar inadvertidas por la vida y no conseguir un marido, alienta el salvaje sueño de un monopolio, el sueño de que algún día el fabricante del "único jabón que impide que las muchachas pasen inadvertidas" pueda tener el poder de privar de marido a todas las muchachas que no utilicen su detergente. En estos ejemplos de publicidad comercial y de propaganda comercial, la ciencia es solamente un sustituto del poder.
La propaganda totalitaria elevó al cientificismo ideológico y a su técnica de formulación de afirmaciones en forma de predicciones a una cumbre de eficiencia de método y de absurdo de contenido porque, demagogicamente hablando, difícilmente hay mejor manera de evitar una discusión que la de liberar a un argumento del control del presente, asegurando que sólo el futuro puede revelar sus méritos. La propaganda totalitaria había indicado incluso antes de que el totalitarismo hubiera conquistado el poder cuán lejos se habían separado las masas de la simple preocupación por sus propios intereses.
La calificación principal de un líder de masas ha llegado a ser una interminable infalibilidad, jamas puede reconocer un error. Además, la presunción de infalibilidad no está basada tanto en una inteligencia superior como en la interpretación correcta de las fuerzas esencialmente fiables existentes en la Historia o en la naturaleza, fuerzas que ni la derrota ni la ruina pueden revelar que son erróneas porque están destinadas a afirmarse por sí mismas a largo plazo. Los lideres de masa en el poder tienen una preocupación que domina a todas las consideraciones utilitarias: la de lograr que sus predicciones lleguen a cumplirse. El efecto propagandístico de la infalibilidad, el sorprendente éxito de presentarse como un simple agente interpretador de fuerzas previsibles, ha fomentado en los dictadores totalitarios el hábito de anunciar sus intenciones políticas bajo la forma de profecías.
La liquidación encaja en un proceso histórico en el que el hombre solo hace o sufre lo que según leyes inmutables tenia que suceder de cualquier manera. Tan pronto como ha sido realizada la ejecución de las victimas, la "profecía" se convierte en una coartada retrospectiva: solo ha sucedido lo que ya había sido predicho. El lenguaje del cientificismo profético correspondía a las necesidades de las masas que habían perdido su hogar en el mundo y estaban ya preparadas para reintegrarse a las fuerzas eternas y todo poderosas que por si mismas conducen al hombre, nadador en las olas de la adversidad, hasta las costas de la seguridad. Porque las masas, en contraste con las clases, deseaban la victoria y el éxito como tales, en su forma mas abstracta, no estaban unidas por esos especiales intereses colectivos que consideran las clases esenciales para su supervivencia como grupo y que por eso pueden afirmar frente a probabilidades abrumadoras. Para las masas, mas importante que la causa que puede resultar victoriosa o la empresa particular que pueda resultar un éxito es la victoria de cualquier causa y el éxito en cualquier empresa.
Lo que convence a las masas no son los hechos, ni siquiera los hechos inventados, sino solo la consistencia del sistema del que son presumiblemente parte. La repetición, cuya importancia ha ido algo sobrestimada en razón de la extendida creencia en la capacidad inferior de las masas para captar y recordar, es importante sólo porque las convence de la consistencia del tiempo. Lo que las masas se niegan a reconocer es el carácter fortuito que penetra a la realidad. Están predispuestas a todas las ideologías porque éstas explican los hechos como simples ejemplos de leyes y eliminan las coincidencias inventando una omnipotencia que lo abarca todo a la que se supone en la raíz de cualquier accidente. La propaganda totalitaria medra en esta huida de la realidad a la ficción, de la coincidencia a la consistencia. La incapacidad principal de la propaganda totalitaria estriba en que no puede colmar este anhelo de las masas por un mundo completamente consecuente, comprensible y previsible sin entrar en un serio conflicto con el sentido común. Este debe aceptar el hecho solo como leyenda o como milagro, pero puede aducirse también como prueba de la absoluta fidelidad de cada palabra del texto traducido. En otros términos, aunque es cierto que las masas se sienten obsesionadas por un deseo de escapar de la realidad porque en razón de su desarraigo esencial no pueden soportar sus aspectos accidentales e incomprensibles, también es cierto que su anhelo por la ficción tiene alguna relación con algunas capacidades de la mente humana cuya consistencia estructural es superior al simple incidente.
Entre toda la turba de grupos antisemitas competidores y en una atmósfera cargada de antisemitismo, la propaganda nazi desarrollo un método de tratar el tema que era diferente y superior a todos los demás. Sin embargo, ningún eslogan nazi era nuevo, ni siquiera la astuta imagen de Hitler de una lucha de clases provocada por el patrono judío que explota a sus obreros mientras que, al mismo tiempo, en el patio de la fábrica su hermano les incita a la huelga. El único elemento nuevo era que para el ingreso en sus filas el partido nazi exigía pruebas de ascendencia no judía y que, a pesar del programa de Feder, siguió mostrándose extremadamente vago acerca de las medidas reales que contra los judíos adoptaría una vez que hubiera conquistado el poder. Los nazis situaron al tema judío en el centro de su propaganda, en el sentido de que el antisemitismo ya no era una cuestión de opiniones acerca de personas diferentes de la mayoría o una preocupación íntima de cada individuo en su existencia personal, no podía ser miembro de aquel partido aquel cuyo "árbol genealógico" no estuviera en orden y cuanto más alta fuera su categoría dentro de la jerarquía nazi, mas lejos habría que remontarse en el examen genealógico.
El verdadero objetivo de la propaganda totalitaria no es la persuasión, sino la organización, la acumulación de poder sin la posesión de los medios de violencia. Para este objetivo, la originalidad del contenido ideológico sólo puede ser considerada como un obstáculo innecesario. No es accidental que los dos movimientos totalitarios de nuestro tiempo, tan aterradoramente "nuevos" en métodos de dominación e ingeniosos en formas de organización, jamas hayan predicado una nueva doctrina, jamas hayan inventado una ideología que no fuese ya popular. No son los pasajeros éxitos demagogicos los que ganan a las masas, sino la visible realidad y el poder de una "organización viva". Las brillantes dotes de Hitler como orador de masas no le ganaron su posición en el movimiento, sino que mas bien equivocaron a sus oponentes, que llegaron a subestimarle como simple demagogo, y Stalin fue capaz de derrotar al mayor orador de la revolución rusa. Lo que distingue a los lideres y dictadores totalitarios es mas bien la singular plenitud de propósitos con la que escogen aquellos elementos de las ideologías existentes que mas aptos resultan para convertirse en los fundamentos de otro mundo enteramente ficticio. Con semejantes generalizaciones, la propaganda totalitaria establece un mundo apto para competir con el real, cuyo inconveniente es que no es lógico, consecuente ni organizado.
Las ventajas de una propaganda que constantemente "suma el poder de una organización" a la débil e insegura voz de la argumentación y que por eso actua, por así decirlo, con el incentivo del momento, se diga lo que se diga, resultan obvias mas allá de toda demostración. A prueba de argumentos basados en una realidad que los movimientos prometen cambiar, ante una contrapropaganda descalificada por el simple hecho de que pertenece o defiende a un mundo que las masas desamparadas no pueden ni quieren aceptar, solo puede quedar desautorizada por una realidad mas fuerte o mejor. Es en el momento de la derrota cuando se torna visible la debilidad inherente a la propaganda totalitaria. Sin la fuerza del movimiento, sus miembros dejan automáticamente de creer en el dogma por el que ayer todavía estaban dispuestos a sacrificar sus vidas. En el momento en que el movimiento, es decir, el mundo ficticio que les alberga, queda destruido, las masas revierten a su antiguo status de individuos aislados que, o bien aceptan felizmente su nueva función en un mundo transformado, o bien se sumen en su antigua y desesperada superfluidad. Los miembros de los movimientos totalitarios, profundamente fanáticos mientras existe el movimiento, no siguen el ejemplo de los fanáticos religiosos sufriendo la muerte de los mártires. Mas bien renuncian tranquilamente al movimiento como a una apuesta fallida y buscan en torno de sí otra ficción prometedora o aguardan a que la antigua ficción recobre fuerza suficiente como para establecer otro movimiento de masas.

"Ideologia y terror"
El totalitarismo como una forma moderna de tiranía, es decir, como un Gobierno ilegal en el que el poder es manejado por un solo hombre. Poder arbitrario, irrestringido por la ley, manejado en interés del gobernante y hostil a los interese de los gobernados, por una lado; el temor como principio de la acción, es decir, el temor del dominador del pueblo y el temor del pueblo al dominador, por otro lado, han sido las características de la tiranía a lo largo de nuestra tradición. La dominación totalitaria, que, lejos de ser "ilegal", se remonta a las fuentes de la autoridad de las que las leyes positivas reciben su legitimación ultima, que, lejos de ser arbitraria, es mas obediente a esas fuerzas suprahumanas de lo que cualquier Gobierno lo fue antes y que, lejos de manejar su poder en interés de un solo hombre, está completamente dispuesta a sacrificar los vitales intereses inmediatos de cualquiera a la ejecución de lo que considera ser la ley de la Historia o la ley de la Naturaleza. Su desafió a las leyes positivas afirma ser una forma mas elevada de legitimidad, dado que, inspirada por las mismas fuentes, puede dejar a un lado esa insignificante legalidad.  Es la interpretación del totalitarismo, todas las leyes se convierten en leyes de movimiento. Cuando los nazis hablaban sobre la ley de la Naturaleza o cuando los bolcheviques hablan sobre la ley de la Historia, ninguna de estas dos son ya la fuente estabilizadora de la autoridad para las acciones de los hombres mortales; son movimientos en si mismas. Subyacente a la creencia de los nazis en las leyes raciales como expresión de la ley de la Naturaleza en el hombre, se halla la idea darwiniana del hombre como producto de una evolución natural que no se detiene necesariamente en la especie actual de seres humanos, de la misma manera que la creencia delos bolcheviques en la lucha de clases como expresión de la ley de la Historia se basa en la noción marxista de la sociedad como producto de un gigantesco movimiento histórico que corre según su propia ley de desplazamiento hasta el fin de los tiempos históricos, cuando llegará a abolirse por si mismo.
Por Gobierno legal entendemos un cuerpo político en el que se necesitan leyes positivas para traducir y realizar los mandamientos de Dios en normas de lo justo y lo injusto. En el cuerpo político del Gobierno totalitario este lugar de las leyes positivas queda ocupado por el terror total, que es concebido para traducir a la realidad la ley del movimiento de la Historia o de la Naturaleza. Si la legalidad es la esencia del Gobierno no tiránico y la ilegalidad es la esencia de la tiranía, entonces el terror es la esencia de la dominación totalitaria. El objetivo principal es hacer posible que la fuerza de la Naturaleza o la Historia corra libremente a través de la Humanidad sin tropezar con ninguna acción espontánea. Como tal, el terror trata de "estabilizar" a los hombres para liberar a las fuerzas de la Naturaleza o de la Historia. El terror, como ejecución de una ley de un movimiento cuyo objetivo ultimo no es el bienestar de los hombres o el interés de un solo hombre, sino la fabricación de la Humanidad, elimina a los individuos en favor de la especie, sacrifica sus "partes" en favor del "todo". La fuerza supranatural de la Naturaleza o de la Historia tiene su propio comienzo y su propio final, de forma tal que sólo puede ser obstaculizada por el nuevo comienzo y el final individual que constituyen en realidad la vida de cada individuo.
Lo que la dominación totalitaria necesita para guiar al comportamiento de sus súbditos es una preparación que les raiga igualmente aptos para el papel de ejecutor como para el papel de victima. Esta doble preparación, sustitutivo de un principio de acción, es la ideología.
Las ideologías son un fenómeno muy reciente, y durante muchas décadas desempeñaron un papel desdeñable en la vida política. Solo con el conocimiento de su naturaleza podemos descubrir en ellas ciertos elementos que las han hecho tan inquietantemente útiles para la dominación totalitaria. Las grandes potencialidades políticas de las ideologías no fueron descubiertas antes de Hitler y Stalin. La ideología trata el curso de los acontecimientos como si siguieran la misma "ley" que la exposición lógica de su "idea". Las ideologías pretender conocer los misterios de todo procesos histórico (secretos del pasado, complejidades del presente, incertidumbres del futuro) merced a la lógica inherente a sus respectivas ideas. Las ideologías nunca se hallan interesadas en el milagro de la existencia; son históricas, se preocupan del devenir y del parecer, de la elevación y de la caída de las culturas, incluso si tratan de explicar la Historia por alguna "ley de la Naturaleza".
Lo que hace encajar a la "idea" en su nuevo papel es su propia "lógica", es decir, un movimiento que es consecuencia de la misma "idea" y que no necesita  de ningún factor exterior para ponerse en marcha. La lógica dialéctica, con su proceso de tesis, antítesis y síntesis, que a su vez se torna en tesis del siguiente movimiento dialéctico no es diferente en principio, una vez que es utilizada por una ideología; la primera tesis se convierte en premisa y su ventaja para la explicación ideológica es que este recurso dialéctico puede prescindir de las contradicciones de hecho como fases de un movimiento idéntico y consecuente. Tan pronto como la lógica, como movimiento del pensamiento es aplicada a una idea que se transforma en premisa. La coacción puramente negativa de la lógica, es decir, la prohibición de contradicciones, se convirtió en "productiva", de forma que pudo ser iniciada e impuesta a la mente toda una linea de pensamiento, extrayendo conclusiones a la manera de simple argumentación.
En primer lugar, en su reivindicación de una explicación total, las ideologías tienen tendencia a explicar no lo que es, sino lo que ha llegado a ser, lo que nace y perece. La reivindicación de explicación total promete explicar todo el acontecer histórico, la explicación total del pasado, el conocimiento total del presente y la fiable predicción del futuro. En segundo lugar, en esta capacidad, el pensamiento ideológico se torna independiente de toda experiencia de la que no puede aprender nada nuevo incluso si se refiere a algo que acaba de suceder. Por eso, el pensamiento ideológico se torna emancipado de la realidad que percibimos con nuestros cinco sentidos e insiste en una realidad "mas verdadera", oculta tras todas las clases perceptibles, dominándolas desde este escondrijo y requiriendo un sexto sentido que nos permite ser conscientes de ella. Este sexto sentido es precisamente proporcionado por la ideología, ese especial adoctrinamiento ideológico que es enseñado por instituciones docentes establecidas con esa finalidad. En tercer lugar, como las ideologías no tienen poder para transformar la realidad, logran esta emancipación del pensamiento de la experiencia a través de ciertos métodos de demostración. El pensamiento ideológico ordena los hechos en un procedimiento absolutamente lógico que comienza en una premisa axiomaticamente aceptada, deduciendo todo a partir de ahí; es decir, procede con una consistencia que no existe en parte alguna en el terreno de la realidad.
Lo que distinguía a estos nuevos ideologías totalitarios de sus precedentes estribaba en que ya no era primariamente la "idea" de la ideología, lo que les atraía sino el proceso lógico que podía desarrollarse a partir de ahí. Solo cuando se hallaba en juego la realización de los objetivos ideológicos, la sociedad sin clases o la raza de señores, podía mostrarse esta fuerza por si misma. Para obtener la movilización limitada que todavía necesitan, los dominadores totalitarios se apoyan en la compulsión con la que podemos obligarnos a nosotros mismos; esta compulsión intima es la tiranía de la lógica, a la que nada se resiste si no es la gran capacidad de los hombres para empezar algo nuevo. La tiranía de la lógica comienza con la sumisión de la mente a la lógica como un proceso inacabable en el que el hombre se apoya para engendrar sus pensamientos. Mediante esta sumisión entrega su libertad intima como entrega su libertad de movimientos cuando se inclina ante una tiranía extensa. El Gobierno totalitario puede sentirse seguro solo en la medida en que puede movilizar la propia fuerza de voluntad del hombre para obligarle a ese gigantesco movimiento de la Historia o de la Naturaleza que supuestamente utiliza a la Humanidad como su material y que no conoce ni nacimiento ni muerte.
De la misma manera que el terror incluso en su forma pretotalitaria y simplemente tiránica, arruina todas las relaciones entre los hombres, así la autocoacción del pensamiento ideológico arruina todas las relaciones de la realidad. La preparación ha tenido éxito cuando los hombres pierden el contacto con sus semejantes tanto como con contactos, los hombres pierden la capacidad tanto para la experiencia como para el pensamiento. El objeto ideal de la dominación totalitaria no es el nazi convencido o el comunista convencido, sino las personas para quienes ya no existen la distinción entre el hecho y la ficción (realidad de la experiencia) y la distinción entre lo verdadero y lo falso (normas de pensamiento).
El aislamiento puede ser el comienzo del terror; es ciertamente su mas fértil terreno; y siempre su resultado. Este aislamiento es, como si dijéramos, pretotalitario. Su característica es la impotencia en cuanto que el poder siempre procede de hombres que actúan juntos, actuando concertadamente; por definicion, los hombres aislados carecen de poder. El aislamiento y la impotencia, es decir, la incapacidad fundamental para actuar, son siempre característicos de las tiranías. La autocoacción de la lógica totalitaria destruye la capacidad del hombre para la experiencia y el pensamiento tan seguramente como su capacidad para la acción. Lo que llamamos aislamiento en la vida política se llama soledad en la esfera de las relaciones sociales. El aislamiento y la soledad no son lo mismo. Yo puedo estar aislado (no hay nadie con quien actuar) sin estar solo; y puedo estar solo (abandonado de compañía humana), sin hallarme aislado. El aislamiento es ese callejón sin salida al que son empujados los hombres cunado es destruida la esfera política de sus vidas, donde actúan juntamente en la prosecución de un interés común. Sin embargo, el aislamiento, aunque destructor del poder y de la capacidad de la acción, no solo deja intactas todas las llamadas actividades productoras del hombre, sino que incluso se requiere para estas. En el aislamiento, el hombre permanece en contacto con el mundo como artificie humano; solo cuando es destruida la mas elemental forma de creatividad humana, que es la capacidad de añadir algo propio al mundo común, el aislamiento se toma inmediatamente insoportable. Esto puede suceder en un mundo cuyos principales valores sean dictados por el trabajo, es decir, donde todas alas actividades humanas hayan sido transformadas en trabajo. La dominación totalitaria se basa en la soledad, en la experiencia de no pertenecer en absoluto al mundo; que figura entre las experiencias mas radicales y desesperadas del hombre.
El hombre retraido se encuentra rodeado por otros con los que no puede establecer contacto o cuya hostilidad está expuesto. El hombre solitario, por el contrario, está solo y por eso "puede estar unido consigo mismo" dado que los hombres tienen la capacidad de hablar con ellos mismos. En la vida solitaria, en otras palabras "yo soy por mi mismo" junto con mi yo, y por eso somos dos en uno, mientras que en la soledad yo soy realmente uno, abandonado de todos los demás. Todo pensamiento estrictamente hablando es elaborado en la vida solitaria entre el yo y el si mismo; pero este dialogo de dos en uno no pierde contacto con el mundo de los semejantes, porque esta representado en el yo con el que se dialoga. El problema de la vida solitaria es que este dos en uno necesita de los demás para convertirse en uno nuevo, un individuo incambiable cuya identidad no puede ser confundida con la de ningún otro.
La vida solitaria puede convertirse en soledad; esto sucede cuando yo mismo soy abandonado por mi propio yo. Los hombres solitarios siempre han experimentado el peligro de la soledad cuando ya no pueden hallar la gracia redentora de la compañía para salvarles de la dualidad, del equivoco y de la duda.

"La crisis en la cultura"
La cultura de masas, lógica e inevitablemente, es la cultura de la sociedad de masas. El hecho mas significativo de la breve historia de ambas expresiones es que, mientras hace pocos años aun se usaban con un fuerte sentido reprobatorio, en el que estaba implícita la idea de que la sociedad de masas era una forma depravada de la sociedad y la cultura de masas una contradicción en sus términos, hoy ya se han vuelto respetable tema de innumeros estudios y proyectos de investigación, cuyo principal efecto, es añadir una dimensión intelectual. Si la relación entre sociedad de masas y cultura seria la misma que la relación de la sociedad con la cultura que precedió a esta etapa. Por consiguiente, la sociedad de masas y la cultura de masas parecen fenómenos interrelacionados, pero su común denominador no es el carácter masivo sino la sociedad a la que se incorporan las masas. Tanto histórica como conceptualmente, la sociedad de masas estuvo precedida por la sociedad y sociedad no es un termino mas genérico que la expresión sociedad de masas; también se le puede adjuntar una fecha y una descripción histórica: sabemos que es mas antiguo que el giro sociedad de masas, pero no anterior a la época moderna.
Una de las causas por las que esos individuos, con tanta frecuencia, terminaron dentro de partidos revolucionarios era que descubrían en esas organizaciones no admitidas por la sociedad ciertos rasgos humanitarios desaparecidos ya en el grupo social. Una vez mas, esta circunstancia encontró su expresión en la novela, las conocidas glorificaciones de trabajadores y proletarios, pero también de un modo mas sutil, en el papel asignado a los homosexuales o a los judíos, es decir, a grupos que la sociedad nunca había absorbido del todo. Una buena parte de la deseperacion de los individuos sometidos a las condiciones de la sociedad de masas se debe a que esas salidas de escape hoy están cerradas, porque la sociedad ya abarca todos los estratos de la población.
La palabra es "filisteismo" denotaba una mentalidad para la que todo se debía juzgar en términos de utilidad inmediata y de "valores materiales", y que por consiguiente no respetaba demasiado a obras y actividades tan inútiles como las que se dan en la cultura y el arte. Esta huida de la realidad a través del arte y la cultura es importante no solo porque dio a la fisonomía del filisteo cultural o educado sus rasgos mas distintivos, sino también porque probablemente fue el factor decisivo en la rebelión de los artistas contra los patrones recién encontrados; todos ellos olían el peligro de que los expulsaran de la realidad, para mandarlos a una esfera de refinado lenguaje, en donde lo que ellos hacían hubiese perdido toda significación. En otras palabras, en un principio el filisteo desprecio a los objetos culturales hasta que el filisteo culto se apodero de ellos como valor de cambio, con el que se compraba una posición mas alta en la sociedad o adquiría un mayor grado de autoestima (mayor que el que en su propia opinión se merecía por su índole o por su nacimiento). En este proceso, los culturales recibían el mismo trato que cualquier otro valor, eran lo que siempre habían sido: valores de cambio, y al pasar de mano en mano se desgastaban como monedas antiguas. Así perdieron la que es su origen es la facultad peculiar de todos los objetos culturales: la facultad de captar nuestra atención y conmovernos. Cuando sucedió esto, la gente empezó a hablar de la "devaluación de valores" y el final de todo el proceso se produjo con las "rebajas de los valores".
La diferencia principal entre sociedad y sociedad de masas es quizá que la sociedad quería la cultura, valorizaba y desvalorizaba los objetos culturales como bienes sociales, usaba y abusaba de ellos para sus propios fines egoístas, pero no los "consumía". Aun en su mayor desgaste, esas cosas seguían siendo cosas y conservaban cierto carácter objetivo; se desintegraban hasta convertirse en un montón de escombros, pero no desaparecían. Por el contrario, la sociedad de masas no quiere cultura sino entretenimiento, y la sociedad consume los objetos ofrecidos por la industria del entretenimiento como consume cualquier otro bien de consumo. La sociedad de masas, al no querer cultura sino entretenimiento, probablemente es amenazante para la cultura que el filisteismo de la buena sociedad; a pesar del muchas veces descrito malestar de los artistas e intelectuales (en parte por su incapacidad para penetrar en la ruidosa trividad de los entretenimientos masivos), son las artes y ciencias, diferenciadas de todos los asuntos políticos, las que siguen floreciendo.
La gran usuaria y consumidora de objetos es la propia vida, la vida del individuo y la vida de la sociedad como un conjunto. Y la vida es indiferente al carácter mismo del objeto: pone el acento en que todo sea funcional y responda a determinadas necesidades. La cultura corre peligro cuando todas las cosas y objetos mundanos, producidos por el presente o por el pasado, se ven amenazados como meras funciones para el proceso vital de la sociedad, y para esa funcionalización casi carece de importancia que las necesidades en cuestión sean de una categoría suprema o ínfima. No se consumen bienes de consumo ni se desgastan como objetos y además, deliberadamente se las aparta del proceso de consumo y uso y se las aísla de la esfera de las necesidades vitales humanas. Este alejamiento se puede lograr de muy distintos modos, y solo donde se produce de verdad nace la cultura en su sentido especifico.
La desconfianza y el desprecio concreto a los artistas surgía de consideraciones políticas: la fabricación de objetos, incluida la producción artística, no está en el campo de las actividades políticas e incluso es opuesta a ellas. La principal razón de la desconfianza ante la fabricación en todas sus formas es que se trata de una actividad utilitaria por su naturaleza misma. La fabricación, pero no la acción o el discurso, siempre implica medios y fines; en rigor, la categoría de medios y fines obtiene su legitimidad del ámbito de la acción y de la fabricación, en el que un fin claramente reconocible, el producto final, determina y organiza todo lo que desempeña un papel en el proceso: el material, las herramientas, la propia actividad e incluso las personas que participan en él; todos estos elementos se convierten en simples medios para un fin y están justificados como tales. Esta es la verdadera desazón del artista, no con respecto a la sociedad sino a la política, y sus escrúpulos y desconfianza ante la actividad política no son menos legítimos que la desconfianza de los hombres de acción ante la mentalidad del Homo faber. De aquí nace el conflicto entre arte y política, un conflicto que no pudo ni debía resolverse.
Esos objetos comparten con los "productos" políticos (las palabras y los hechos) la circunstancia de que les es necesario cierto espacio público en el que puedan estar y ser vistos; pueden alcanzar su propio ser, que es la apariencia, sólo en un mundo común a todos; en el espacio limitado de la vida y la poseción privadas, los objetos artísticos no pueden alcanzar su validez inherente; por el contrario, han de ser protegidos de la posesividad de las personas, y no importa si esa protección consiste en instalarlos en lugares sacros (iglesias) o bajo el cuidado de museos y de curadores de monumentos, aunque el lugar en que los guardamos es característico de nuestra "cultura", es decir, de la forma en que nos relacionamos con ellos. La fugaz grandeza de la palabra y de la obra puede permanecer en el mundo siempre que este unida por lo bello. Sin belleza, es decir, sin esa gloria radiante en que se manifiesta la inmortalidad potencial en el mundo humano, toda la vida humana seria fútil y la grandeza no podría perdurar.
El principio de la legislación, tal como se establece en el "imperativo categórico" que dice "actua siempre de modo que el principio de tu acción se pueda convertir en una ley general", se basa en la necesidad de que el pensamiento racional esté acorde consigo mismo. En los juicios estéticos, tanto como los políticos, se adopta una decisión y, aunque siempre este determinada por cierta subjetividad, por el mero hecho de que cada persona ocupa un lugar propio desde el que observa y juzga al mundo, esa decisión también deriva del hecho de que el mundo mismo es un dato objetivo, algo común a todos sus habitantes. La actividad del gusto decide la manera en que este mundo tiene que verse y mostrarse, independiente de su utilidad y de nuestro interés vital en él: la manera en que los hombres verán y lo que oirán en él. La cultura y la política, pues, van juntas porque no es el conocimiento o la verdad lo que en ellas está en juego, sino mas bien el juicio y la decisión, el cuerdo intercambio de opiniones sobre la esfera de la vida pública y el mundo común y la decisión sobre la clase de acciones que se emprenderán en él, además de cuál deberá ser su aspecto en adelante, que clase de cosas deben aparecer en él.

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